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Antecedentes. Un poco de historia

La aplicación, de manera más o menos consciente, del frío a la mejora de las prestaciones de los materiales es muy antigua. Durante siglos, los relojeros suizos sometían a los delicados elementos mecánicos a las bajas temperaturas de los Alpes durante largos periodos de tiempo. Esta era una de las claves de la calidad de sus creaciones.

A finales del siglo XIX se descubrió la manera de licuar gases y, con ello, se tuvo acceso a temperaturas mucho más bajas que las que se podían alcanzar anteriormente. Esto dio lugar a que, ya en el siglo XX, comenzaran a realizarse una serie de experimentos que trataban de analizar los efectos producidos en el acero tras su inmersión en gas licuado. Aunque a menudo los materiales se rompían o agrietaban debido al choque térmico, ya se pudo intuir que algo ocurría en el material.

Tras la segunda guerra mundial, estas líneas de investigación perdieron interés y sólo se mantuvieron en la industria aeroespacial debido a la necesidad de conocer el comportamiento de los materiales sometidos a las temperaturas extremas del espacio exterior. En la década de los 60 aparecieron los primeros tratamientos criogénicos precursores de los actuales, diseñados para ser realizados en un entorno industrial.

Con la accesibilidad del nitrógeno líquido y el desarrollo de mejores sistemas de control de las temperaturas los tratamientos criogénicos industriales se fueron desarrollando y extendiendo poco a poco, inicialmente en Norteamérica. Aunque en los últimos años se están extendiendo por todo el mundo, en Europa aún apenas se conocen ni usan.

El tratamiento multietapa CRYOBEST es el último paso en esta evolución. Se trata de un proceso que constituye un claro avance con respecto a los tratamientos criogénicos convencionales y que consigue mejores resultados y una considerable reducción de los tiempos de proceso.